
Según E. Díaz9 la formación docente es más que una sumatoria de conocimientos adquirida por el alumno ya que estructura representaciones, identificaciones, métodos y actitudes e impacta en el sujeto en formación en el plano cognoscitivo, y en lo socio-afectivo, conformando cambios cualitativos más o menos profundos. Como las concepciones etimológicas emergen entretejidas en la subjetividad docente, están operantes en el momento de la toma de decisiones en relación a los componentes del curriculum y a las intervenciones didácticas concretas. Cada paradigma provee esquemas categoriales ligados al lenguaje, por lo que mediante su empleo compartido se trasmiten bases de significado y se construye un ámbito de referencias común con el que se experimenta el mundo. El modelo compartido por una comunidad determinada se convierte en matriz disciplinaria que forja tradiciones que proporcionan modelos explicativos y práxicos, reflejados en las tradiciones didácticas en las que se inscriben las prácticas docentes.
El panorama epistemológico que se aprecia en la escuela media argentina puede sintetizarse en tres categorías: Conocimiento como entidad abstracta; Conocimiento como sistema y Conocimiento como producto de un proceso. Cada una de ellas se basa en supuestos filosóficos y pedagógicos que determinan su naturaleza y la del correlato pedagógico que de ella se deriva.
El conocimiento es concebido como algo a lo que hay que acceder, adquirir como bien deseable, ya cerrado, elaborado externamente y en instancias previas al trabajo del estudiante. Sienta sus raíces en la filosofía positivista que fundamentó la organización de la instrucción pública a fines del siglo XIX y recibe con ello la herencia del enciclopedismo. Traducido al nivel escolar implica la selección de una gran cantidad de contenidos, identificados con culturas que aparecen en ese momento como paradigmáticas
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